martes, 12 de junio de 2018

La trastienda del freelance

La vida privada siempre afecta al trabajo. Y en mi caso vaya si me ha afectado... Hace mucho tiempo que mi blog no tenía una entrada. ¿El motivo? Mis mudanzas en los últimos años. La última vez que escribí en este blog vivía en Madrid. Desde entonces he vivido en Estocolmo, Dallas y ahora New Jersey. He seguido escribiendo, pero mis compromisos laborales y mi frenética actividad como ama de casa que se tiene que adaptar a culturas, ciudades y casas distintas ha pasado factura a mi amado blog.

Pero hoy, por fin, he encontrado el tiempo para escribir una entrada sobre algunas de las “miserias” cotidianas de la trastienda a las que nos enfrentamos los aguerridos trabajadores independientes. La libertad que ofrece no estar en un entorno laboral tradicional implica una mezcla indisoluble de las dos facetas de la persona: la laboral y la personal.

Como dicen en teatro, ocurra lo que ocurra, la función debe continuar, aunque entre bastidores se esté produciendo cualquier tipo de imprevisto o catástrofe.

Si además de ser freelance se es ciudadano del mundo, como es mi caso, la fórmula trabajo-vida pasa a ser un batiburrillo difícilmente predecible. Vivir fuera de tu país es enriquecedor y toda una experiencia, no lo niego. Y sí, soy una afortunada. Lo sé. Pero no es una tarea sencilla.

Hasta que comencé a mudarme a otros países y ciudades, las cosas que me ocurrían tras las bambalinas eran relativamente sencillas de “torear”. La niña se ponía malita, el piso se inundaba por una rotura de tubería, la wifi dejaba de funcionar sin motivo y los operadores pasaban de mi, una crisis de piojos obligaba a poner en estado de excepción la casa y lavar concienzudamente hasta el último peluche… Pero cuando empezamos a movernos fuera de las fronteras españolas ya no fue tan fácil.

Las experiencias suecas tuvieron sus puntos, pero fueron una versión light si las comparo con lo que está siendo la aventura americana. Afortunadamente, suelo trabajar con antelación para minimizar los riesgos de no llegar a una entrega por alguna eventualidad. Y, además, cuento con jefes comprensivos que me facilitan todo lo que pueden mi doble tarea vital. ¡Menos mal! Si no llega a ser por mi sentido de la planificación (clave en esto de ser profesional independiente, creedme) y por la empatía de mis superiores, seguramente no habría superado laboralmente estos meses.

¿Pero qué le ha pasado a esta mujer?, os estaréis preguntando a estas alturas del post. Pues al aterrizar en USA, casi todo. Hay una serie de anuncios de una compañía de seguros muy famosos en Estados Unidos y que están protagonizados por un Alberto Mateo, un actor español que pasó un casting mundial para encarnar el malvado personaje de “La Mala Suerte”. Son unos comerciales muy divertidos que recomiendo ver a través de YouTube (https://www.youtube.com/watch?v=1U3eXSMsGcI). Mi marido y yo hemos llegado a la conclusión de que podríamos completar el elenco hispano de estos anuncios y ser junto con nuestro compatriota los protagonistas de la siguiente serie. La productora se ahorraría dinero, sin duda, porque los guionistas rebajarían muchísimo su tiempo de trabajo ya que sólo tendrían que adaptar nuestras historias, nada de dedicar tiempo a buscar nuevos argumentos. Y además, a la compañía de seguros le aportarían un valor añadido al dotar de veracidad las historias que cuentan porque podrían poner en subtítulos aquello de “basado en hechos reales”.


Nuestro paso por Dallas se puede calificar de inolvidable. La primera de nuestras calamidades fue el golpe número uno que tuvimos con el coche. Un susto a la salida de una gasolinera del que no tuvimos consecuencias físicas aunque el auto quedó con una puerta incrustada hacia dentro. La culpa no fue realmente de ninguno de los dos conductores, fue la falta de iluminación y la mala visibilidad del punto en cuestión, algo muy habitual en las carreteras de la zona.

Las peripecias con el coche no terminaron ahí. Unas semanas después, cuando nos encontrábamos iniciando unas pequeñas vacaciones para conocer el área de Austin y San Antonio, empezamos el viaje de forma nuevamente accidentada. Esta vez fue un golpe por detrás en un momento de atasco acordeón. La conductora del coche que nos embistió iba mandando mensajes de texto por el móvil y no frenó a tiempo. Unos minutos antes nos libramos de otro golpe similar, yo lo pude ver por el espejo retrovisor, el conductor iba hablando por el móvil. Pero a la segunda, fue la vencida. Y es que las autoridades tejanas no deben haber procesado aún que no es buena idea permitir hablar y mensajear por el móvil mientras se conduce. Nuevamente no tuvimos que lamentar daños físicos y nuestro coche no sufrió mucho daño, el suyo quedó siniestro, por lo que pudimos continuar viaje.

Pocas semanas después nos alcanzó en la carretera una tormenta con granizos del tamaño de huevos cuando estábamos a punto de llegar a nuestra casa. Las piedras de hielo que cayeron rompieron el techo solar de mi coche y marcaron toda la chapa. Menos mal que los cristales aguantaron lo suficiente para no desplomarse sobre nuestra cabeza y permitir que alguna de aquellas piedras heladas nos hubieran golpeado, porque no había lugar en el que parar y refugiarse hasta no llegar a la seguridad del hogar.


El clima de Dallas es muy particular. La gran llanura en la que se encuentra hace que el viento corra mucho y arrastre partículas de polen desde muchísimos kilómetros a la redonda. Además llueve mucho y las temperaturas fluctúan con facilidad. Todas estas circunstancias hacen que éste área esté catalogada por los expertos como la peor para las alergias de todo Estados Unidos. Y doy fe, es totalmente cierto. En casa hemos tenido una explosión de alergias medioambientales. En mi caso además se complicó con una implicación de los alimentos que hizo que me brotara una especie de alergia alimenticia falsa y que me llevó a un presunto shock anafiláctico. Al ponerme la adrenalina, pensando que me estaba muriendo, se desencadenó todo el protocolo de salvamento que implica la llegada del punto en el que estés de los servicios de bomberos, emergencias y policía. Cuando mi marido entró en casa se la encontró invadida por un ejército de musculosos agentes de distintos cuerpos. Mi hija mayor aún no ha superado el trauma de ver aquel espectáculo de luces y sirenas que deduzco que, durante días, fue la comidilla del barrio residencial en el que vivo. Supongo que, al igual que en las películas, los vecinos presupondrían que lo que ocurrió en la casa de “los nuevos” fue algo relacionado con malos tratos o drogas. Lo positivo de aquel día es que descubrí por fin dónde se encuentran los “tíos buenos” americanos que equivocadamente pensamos que son los habitantes medios de Estados Unidos. Mi conclusión es que deben estar todos en los servicios de emergencias, bomberos y policía. Y es que, por muy mal que me encontrara en aquel momento, el sentido de la vista no lo perdí en ningún segundo.

Otra gran situación que vivi en tierras tejanas fue una colonoscopia de revisión y una endoscopia relacionada con el tema de las alergias que tuve que hacerme. El médico que me las realizó es un encantador galeno mexicano que tuvo la deferencia de ponerme boleros, concretamente el acertado tema “Reloj no marques las horas”, mientras la anestesia hacía efecto y me dormía plácidamente. Qué no cunda el pánico, la colonoscopia salió perfecta, y en la endoscopia me quitaron tres pólipos que resultaron ser benignos. Pero confieso que pasé unos días agobiadilla hasta que me dieron todos los resultados.

Mientras todo ésto sucedía, unas cuantas plagas bíblicas de arañas, bichos voladores nocturnos no identificados, hormigas e insectos varios acudieron a nuestro nuevo hogar. Una amiga americana me recomendo a su “bug guy's” de confianza, Greg, y allí que rápidamente contacté con él para que eliminara cuanto antes de nuestra vida aquel ejército de bichos que nos invadían. Greg, “el tipo los de bichos” es un americano simpático y de aspecto bonachón. Es alérgico a las avispas aunque no duda en cazarlas al vuelo con un alicate y darles así matarile mientras sonríe y te cuenta que siempre lleva la adrenalina en el coche por si la necesita. Hace su trabajo a la perfección porque fui recogiendo diariamente cadáveres por la casa de todo bicho ex-viviente. Su secreto no lo conozco, yo lo único que sé es lo que vi el día que nos visitó. Al más puro estilo exorcista esparcidor de agua bendita, fue diseminando un líquido por dentro y por fuera de la casa.

El traslado a New Jersey fue mucho más tranquilo, pero no por eso falto de aventuras. De momento pongo un “To be continued...” porque si no este post va a ser más largo que el 'Ulises' de James Joyce.


miércoles, 18 de marzo de 2015

Obviedades

No es que yo sea especialmente escatológica, de verdad. Es más, diría que soy cero escatológica, no me gustan nada los chistes de culo, pedo y pis. Pero entiendo que pueda parecer lo contrario porque ya he escrito alguna entrada sobre temas relacionados con el wc. Pero no son escenas que yo vaya buscando, son ellas las que me buscan a mi. Están ahí, y no puedo ignorarlas.

La última ha sido esta semana. ¿El lugar? El cuarto de baño de una biblioteca pública, pero podría haber sido en cualquier otro sitio, nada tiene que ver con el templo de la cultura.

Al entrar inmediatamente captó mi atención este cartel:


Me gustó mucho el giro gramatical que utilizó el redactor. ¡Qué delicadeza utilizando el lenguaje!. Obvio que es por razones de higiene, pero sobre todo es por razones de educación y respeto al prójimo. Podría haber puesto algo más contundente y menos eufemístico como "No sean guarros y mantengan limpio el servicio" o "Sean cívicos y mantengan limpio el servicio" o "En su casa no dejarían el servicio hecho una guarrada, pues aquí tampoco".

Bueno, pues eso, que cuando vayáis a un servicio público, "por-favor", "por-razones-de-higiene", "porque-sí", no seáis cochinos y tened una actitud colaborativa para no enmugrecer más de la cuenta el toilette.

viernes, 27 de febrero de 2015

De vacunas, Doulas, partos y lactancia

Llevo toda la mañana intentando documentarme correctamente para poner cifras al sentido común. Termino de tirar la toalla. No soy buena con los números ni las estadísticas. Nunca lo he sido. Además, son muy engañosas porque se pueden mal interpretar erróneamente o con intención. Desde luego mi caso sería erróneamente, ya lo he dicho, soy de letras, no de números.

Esta semana he leído varias noticias y comentarios por Facebook que me han preocupado e indignado bastante. Creo que soy muy afortunada por vivir en un país del Primer Mundo, con sus luces y sus sombras, que las hay. Pero honradamente no me gustaría ser una mamá de un país del Tercer Mundo, ni de uno en vías de desarrollo. Repito me considero UNA AFORTUNADA y no sé a quién tengo que darle las gracias, si a mi Karma o a un Dios de las alturas, pero se las doy de forma impersonal  a quién o qué les corresponda.

El dicho ese de "cualquier tiempo pasado fue mejor" no va conmigo. Si tuviera que elegir uno anterior o quedarme con el que vivo, con mi aquí y mi ahora, no lo dudaría, me quedaría con mi ahora. Ese es mi caso, que no digo yo que sea el de todo el mundo. Como dice sabiamente mi amiga María "cada uno es cada uno, y tiene sus caunás".

Uno de los temas que han soliviantado mi ánimo ha sido el de la controversia de la vacunación. Estos días ha saltado nuevamente por la muerte en Alemania de un niño de año y medio por sarampión. Una corriente en contra de la vacunación argumenta que las vacunas sirven de poco y su única función es enriquecer a la industria farmacéutica. No creo que esta teoría convenza a los padres que han visto a sus hijos morir o con graves secuelas por enfermedades que más tarde han podido ser combatidas gracias al desarrollo de una vacuna.

Otro de los temas es el de las Doulas. El Consejo General de Enfermería ha publicado el "Informe Doulas" en el que denuncia su intrusismo profesional hacia la profesión de las matronas y los riesgos que pueden derivarse. Una de las consecuencias inmediatas ha sido reavivar la polémica sobre la instrumentalización de los partos y las bondades de dar a luz en casa. Y no puedo con ésto. Me revelo. Posiblemente muchos van a pensar que soy una reaccionaria. Pero yo me considero una moderna.

He parido en España y en Suecia. Sí, en Suecia también. En el país soñado para ser madre. En los dos países parí en la sanidad pública. Y he de decir que... tachán... se pare prácticamente igual aquí que allí. Volvería a parir en cualquiera de los dos lugares. En uno se hacen mejor unas cosas, y en el otro otras. No voy a entrar en detalles que esto se alargaría como La Odisea o como una historia de mili y no es plan. Sin embargo, diré que si tuviera que elegir me quedaría con España. ¿Sorprendidos, no? ¿Qué por qué? Pues porque aunque los dos fueron partos instrumentalizados, sí el sueco también, el español fue un poquito más instrumentalizado aún. Vamos, que yo me sentí más segura y algunos detallitos como que mi hija sueca se cagó literalmente en mi torso desnudo mientras disfrutábamos de nuestro primer piel contra piel y nadie me limpió a excepción de mi marido con unas toallitas húmedas que habíamos llevado casualmente nosotros, pues hacen que me gustase más el nacimiento de mi hija española.

El parto español fue largo y duro. Treinta y dos horas porque me lo provocaron por mi seguridad y por la de mi hija. Sí, fue así. No lo dudo ni por un momento porque confío en la profesionalidad del personal sanitario que llevó mi embarazo y mi parto. No digo que no haya algún garbanzo negro, que en todas las profesiones los hay. Pero no son la mayoría. La mayoría son personas que se forman durante años para asistir a mamás y bebés de la mejor forma posible en cada caso. En 32 horas de parto pasaron varios turnos de matronas, enfermeras, auxiliares y tocólogos. Solo dos de estas personas fueron poco atentas a mis necesidades y temores. ¿Qué se le va a hacer?, un mal menor si tengo en cuenta todo el amor y la atención que me brindaron el resto. 

Uno de los mejores aliados que tuve en aquel parto fue la tecnología. Y no me refiero a los SMS, que por entonces el WhatsApp no existía. Fueron los monitores que controlaban que mi hija no estaba experimentando sufrimiento fetal aunque yo me estaba retorciendo de dolor con las contracciones por un problema que tuve con la epidural. ¡Ojala hubiese funcionado la epidural en mi caso y no hubiese tenido que parir con tanto dolor! Comadronas y tocólogos estuvieron aguardando para ver si podían evitar la cesárea que parecía casi la solución final. Pero no, pudieron evitarla. Mi hija nació de parto natural. Grandes profesionales, gran seguridad.

Siempre me acordaré de la matrona que me dio el curso de preparación al parto. Era una mujer bastante desagradable de trato. De esas que nos causan miedo a todas las embarazadas y de las que dan fama terrible a su profesión. Era mayor y con mucha experiencia. Había estado años en un gran hospital madrileño. Ya digo que invitarla a casa a tomar un café no se me habría ocurrido en la vida. No teníamos nada en común. Y sin embargo, he de reconocer que nos dio un curso fantástico. Nos enseñó como cuidar a los bebés sin ñoñerías, pero correctamente y con cariño. Nos dio muchos y buenos consejos. Sabía de lo que hablaba. Su experiencia estaba ahí, aunque no su empatía. Recuerdo especialmente dos frases. Una fue: "una madre nunca sabe la fuerza que tiene hasta que no tiene que sacarla. Y es infinita." Y la otra: "Que no os coman el tarro. Más vale una cesárea de más, que una de menos. Los partos no son una ciencia exacta, y hay que tomar decisiones rápidas. La vida va en ello".

Mis abuelas parieron en casa todos sus hijos. Y fueron unos cuantos. Una de mis tías literalmente se crio entre algodones. Fue prematura y no existían las incubadoras. Estoy segura que mi abuela habría preferido una incubadora de las de enchufe y lucecitas que los algodones. Mi bisabuela vió morir a varios de sus hijos por enfermedades que hoy tienen vacunas. No puedo preguntarlas, pero mi instinto de nieta y las historias que he oído contar a mis padres me dicen que ellas habrían preferido, como yo, partos instrumentalizados.

Mi madre es una mujer de transición. Su primer hijo nació en casa. Su Doula fue su abuela, mi bisabuela. Sus comadronas las vecinas y su suegra, mi abuela. Y el tocólogo y neonatólogo el médico del pueblo. Mi hermano llegó a este mundo en casa. Mi hermana y yo en hospital. Mi madre, al igual que yo, prefiere el hospital. Se sentía más segura e igualmente bien tratada y querida. 

Como decía al principio me hubiese gustado escribir este post con datos numéricos exactos, pero no he podido. Perdón por incompatibilidad con las matemáticas. Lo que es incuestionable aunque no dé el dato exacto, es que la mortalidad infantil, perinatal y la de las madres en el parto ha descendido muchísimo en el último siglo. Por eso... como gráficamente expresaba otra buena amiga, Pilar, durante su parto... "viva el señor Epidural". A lo que yo añado, ¡viva el parto instrumentalizado! y ¡vivan las vacunas!.

¡Ah!, por cierto, esto lo digo bajito, que me da un poco más de miedo aún que toda la reflexión que acabo de soltar, pero es que también va al caso de lo mismo y si no lo digo, reviento... yo he dado lactancia materna a mis hijas hasta los 6 y los 10 meses, momento en el que por consenso madre hija decidimos dejarlo, ellas porque estaban ya cansadas y no hacían más que jugar con los pezones y yo porque estaba dolorida de sus mordisquillos. Pero si no hubiera podido, y digo bien "po-di-do" les habría dado biberón sin sentirme culpable ni mala madre. Y tampoco juzgo a las madres que optan por no seguir la lactancia materna porque como dice María...."cada uno es cada uno, y tiene sus caunás"

sábado, 14 de febrero de 2015

El engaño de la mujer 2x1

A veces siento que me voy a volver loca y que no entiendo nada de nada en la vida. Pienso mucho en mis abuelas. A una no la conocí, y a la otra muy poco, por eso nunca les pude hacer preguntas metafísicas que me han ido surgiendo con la edad. ¿Se sentirían ellas como yo o no se cuestionaban tantas cosas? Cuando me imagino su vida las veo trabajando muy duramente para criar varios hijos. Sin lavadoras, sin lavavajillas, sin compra a domicilio, sin calentador de agua, sin calefacción... cuidando hijos y marido... Su trabajo era ser ama de casa. Un trabajo duro, esclavo, no remunerado, la mayor parte de las veces no agradecido, sin horarios ni derechos, sólo deberes.

Los años han pasado, las mujeres hemos conseguido conquistas sociales y laborales después de mucho luchar por nuestros derechos. Las nietas de nuestras abuelas, nosotras, tenemos otra vida. Hemos estudiado, nos hemos formado, trabajamos en empresas o como autónomas... y todo eso sin abandonar nuestra condición intrínseca de mujeres y madres. ¡Cómo molamos! Hemos cogido la oferta, oiga, un 2x1. Ahora somos ama de casa y trabajadoras fuera del hogar. Sin restar, añadiendo. Sí señor. Pero a mi molar tanto me está dejando agotá, y no termina de convencerme este cambio, la verdad.

Cuando lo pienso un poco me da la sensación que en vez de ir mejorando nuestra situación, vamos poco a poco empeorándola y como sigamos así vamos a terminar peor que nuestras abuelas. Hace unos años las mujeres se fueron incorporando al mercado laboral fuera de casa. Es obvio que si no estás en casa todo el día no puedes hacer galletas caseras, tortilla de patata cocinada con la receta ancestral de la familia, lavar picos y pañales, dar el pecho hasta los dos años, planchar la ropa, hacer disfraces y no ser vivienda habitual de las pelusas y el polvo. Es que no se puede ni muriendo en el intento. Que no se puede, joder. No hay tiempo. El día tiene 24 horas. Y si como decía antes, nuestras abuelas solo se dedicaban a esos menesteres y no paraban, ¿cómo lo vamos a hacer nosotras si además añadimos a esta fiesta femenina una jornada extra-casera de 8 horas? La respuesta es bien conocida por todos, claro: no dormimos. Pero evidentemente, eso no es posible. Dormimos poco, pero algo necesitamos. Y además, así nos pasa, que vamos arrastrás todo el día.

¿Cuál es la solución? No lo sé. Hoy no voy a entrar a valorar el tema del reparto de tareas con la pareja en la casa. Eso da para varios post. Y tampoco creo que sea la solución completa. Es sólo una parte de la solución. Porque no hay que olvidar que no todas las mujeres viven en pareja, pero sí que todas tenemos las mismas necesidades y problemas. Unas en mayor medida que otras, dependiendo sobre todo de si se tienen hijos o no. Pero todas somos víctimas de la misma trampa. Por lo tanto, vamos a ver qué podemos cambiar nosotras. A mi lo primero que se me viene a la cabeza es que seamos menos exigentes con nosotras mismas y con las demás. No nos presionemos más. Vivimos en el mundo que nos ha tocado vivir y hay que adaptarse al medio, chicas. No pasa nada por comprar las galletas y la tortilla en el súper. Ni por usar pañales desechables. La leche en tetra brik también es nutritiva. La arruga es bella. Los disfraces del chino molan y las pelusas y el polvo decoran mucho.

La próxima vez que en el café de la mañana las compañeras saquen pecho y presuman de lo increíblemente calientes y cómodos que son los calcetines que han tejido a su querubín con la lana ecológica que tuvieron que ir a buscar a la recóndita tienda de un pueblo perdido en la sierra, saquemos pecho y digamos con orgullo: "pues yo le compré a mi Pedrito unos en el Lidl por tres euros que están muy bien. Y después me tiré toda la tarde leyendo". No nos dejemos apabullar por las de nuestro mismo género. Venzamos a la ansiedad y no caigamos en la tentación de hacer las lentejas a fuego lento. Abramos una lata de Litoral. Y por supuesto, no juzguemos a la vecina por detalles como estos. Vamos a querernos todas de verdad. La revolución 2.0 de las mujeres tiene que llegar. Y somos nosotras las primeras que hemos de cambiar nuestra mentalidad.

viernes, 6 de febrero de 2015

Pequeños Wert no confesos

Dadas las altas cotas de impopularidad que merecidamente, en mi humilde opinión,  ha conseguido el ministro de Educación, José Ignacio Wert, pocos insultos más hirientes se me ocurren que decirle a alguien "tú eres un Wert". Creo que casi nadie me contestaría algo así como "y a mucha honra". Lo más seguro es que me lanzasen algún otro insulto y/o escupitajo al tiempo que proclamaran mi locura y su más absoluta sorpresa ante mi acusación.

Bien, pues aún sabiendo que voy a recibir una avalancha de "piropos" y encendidas defensas allá voy, y además, en plan comunal y generalizado: "una alarmante mayoría de la sociedad española sois pequeños Wert no confesos". La educación en España, en general, y eso no quiere decir que no haya honrosas excepciones, es una mi.... y lo que sigue, como dice mi hija. Y como no se cambie el chip pronto, más que lo va a ser.

El culpable no solo es Wert; ni los votantes del PP tienen la exclusividad de ser los responsables del penoso sistema educativo que tenemos. Ya se sabe que la culpa está soltera porque nadie la quiere. Sin embargo, si observamos lo que pasa mirando un poquito más allá de los titulares de los periódicos, de las tertulias de radio y televisión, de las conversaciones de bares y de las reuniones sociales yo diría que, en este caso, la culpa se reparte entre instituciones administrativas, colegios, profesores y padres. Y detrás de cada una de estas patas de la sociedad hay personas de todos los signos políticos.

Vivimos en un país en el que muchos padres comentan encantados en el parque "lo duros que son los colegios de sus hijos" y compiten, sacando pecho, por ver cuál de sus hijos tiene más deberes por la tarde. Los hay incluso que completan las tareas del colegio con ejercicios que ellos mismos encomiendan. Otros apuntan a sus hijos a clases de refuerzo escolar para "motivarles" a estudiar. Yo me pregunto cómo les sentaría a ellos que sus jefes les impusieran tareas extralaborales para su llegada a casa. O cómo les afecta tener que llevarse al hogar trabajo del día que no han podido terminar. O que dirían si la pareja les apuntase a un curso relacionado con su profesión fuera del horario de trabajo para "motivarles" más en su campo profesional.

Muchos colegios, independientemente de ser públicos, concertados o privados, centran su actividad docente en sacar buena nota en las distintas pruebas de evaluación del sistema educativo. Esa es su función "quedar bien ante la sociedad" y que los niños aprendan o no y cómo lo hagan o que estén estresados o no, les da igual.

¿Y los profesores? Pues los hay implicados, vocacionales, creativos y maravillosos... pero hay muchos también amargados, obsoletos, vagos, quejicas, frustrados... Este último grupo disculpa sus grandes carencias en echar las culpas a los demás: a la desidia de los alumnos, a la falta de recursos, a la escasez de tiempo, a los bajos sueldos, a la falta de respaldo de los padres... Digo yo que los mismos problemas a los que se enfrentan ellos se enfrentan otros colegas de profesión como el profesor de mi hija, que es un docente absolutamente comprometido con los niños y la enseñanza o César Bona, un profesor del colegio público Puerta de Sancho de Zaragoza, que es uno de los 50 candidatos del mundo, y el único español, al Global Teacher Prize, una especie de premio Nobel de los profesores. Su historia y su método está muy bien explicado en varios reportajes, el último que he leído es uno de El Mundo que recoge un día de trabajo en su cole http://www.elmundo.es/espana/2015/02/02/54ce67d3e2704e3f168b457e.html

De todas las partes implicadas en la educación, la que más me altera, lo reconozco, es la de los maestros, porque es la que recae más directamente sobre los niños. Pasan la mayor parte del día en el colegio y lógicamente es la pieza más extensa y más partícipe en la enseñanza. Hace poco comentaba con una amiga profesora la magnífica iniciativa que había tenido el colegio de mi hija al convertir el cole en el mundo. Cada clase era un país e hicieron un pasaporte a cada niño. Durante una semana cada clase trabajó en distintos aspectos de la cultura de ese país. La clase de mi hija fue Grecia y la convirtieron en una ciudad griega con su templo y todo. Aprendieron de Mitología, historia, arte... Grabaron un vídeo haciendo un resumen de los conocimientos adquiridos en el que cada niño de la clase tenía "su minuto de gloria". El día que les tocaba exponer su país ante el resto del cole, que clase por clase, iba visitando su aula, los niños iban disfrazados de habitante de su país y el profesor pasaba el vídeo a los visitantes al tiempo que sellaba el pasaporte de cada alumno llegado a la clase/país. Sobra decir cómo se lo pasaron y lo que aprendieron todos y cada uno de los niños del colegio sobre distintos países del mundo. Esos días, las clases de matemáticas, lengua, conocimiento de medio... se vieron muy mermadas, pero ¿realmente importa? ¿perdieron conocimiento reglado o ganaron conocimiento real, capacidad reflexiva, educación, respeto y, sobre todo, ganas de seguir aprendiendo? Pues bien, cuando le dije a mi amiga profesora que lo mismo era una buena idea para implantarla en su cole, me contestó con mucho pesar en sus ojos, que a ella le parecía genial la idea, pero imposible de llevarla a la práctica porque muchos de sus colegas se iban a negar porque implicaba trabajo extra que no estaban dispuestos a asumir porque no estaba entre sus funciones ni acorde a sus retribuciones. Conclusión: el profesor de mi hija y César Bona son o unos tontos o unos vendidos al sistema por implantar fórmulas educativas atractivas y diferentes en sus aulas, porque otra cosa... mucho me temo que las condiciones laborales de estos dos docentes no difieren mucho de las del resto de profesores. Y aquí también entra el tema de los deberes y el doble rasero de medición. Claro está que la mayoría de los profesores que argumentan la falta de tiempo laboral para implantar formas sugestivas de enseñanza y que ni por asomo consideran la opción de hacer algo al respecto desde su casa, sepultan a los niños con deberes para el hogar. Como decíamos cuando éramos pequeños, "chúpate esa".


Por favor, vamos a intentar cambiar esta situación, pero de verdad. Empecemos por no temera a discutir con los papás petardos que alardean sobre la excesiva y necesaria disciplina escolar. Combatamos con la palabra y los argumentos. Exijamos a colegios y profesores los cambios necesarios para una buena educación de nuestros hijos y no nos quedemos solamente en añorar y envidiar los sistemas nórdicos, en echar la culpa a Wert y los recortes.  Empecemos por nosotros mismos, mirando qué podemos cambiar no-so-tros para que los niños aprendan con gusto y qué armas reales tenemos para luchar contra las injusticias de la educación.

viernes, 30 de enero de 2015

Tierra, trágame

Utilizo Facebook activamente desde hace años. A través de mi estado hago comentarios, comparto noticias, cuelgo chistes... Cada día leo información de mis amigos, de mis páginas de interés... Es mi comunidad virtual, y me gusta. Gracias a esta herramienta me entero de temas de interés para mi y siento la cercanía de mucha gente a la que quiero y con la que de otra manera tendría mucho menos contacto. Una de las cosas que más gracia me hace son los proverbios y frases inspiradoras que pone la gente. Hay verdaderos especialistas y entusiastas, pero yo no soy uno de ellos. Si alguna me parece especialmente divertida o profunda la comparto, pero poco más. Sin embargo, hoy he decidido convertirme en un "autor" de frase para FB. Veremos cómo me sale. Ahí va:

"La espontaneidad de un niño es ilimitada, embarazosa y tremendamente divertida. Disfrútala, aunque quieras que la tierra te trague".

¿Por qué me ha dado este arrebato reflexivo hoy? Pues porque la semana ha sido tremenda, en cuanto a intervenciones infantiles se refiere. Todo empezó el domingo pasado. Íbamos de paseo con varios niños y entramos a comprar chucherías. Una de las niñas entabló conversación con el regente de la tienda. Y lo hizo de forma sutil y delicada, como corresponde a sus cinco años de edad. "¿Tú eres chino?", le interpeló con curiosidad y a voz en grito. "¿No se nota?", le contestó en voz baja y contenida el hombre.

La segunda fecha memorable fue el miércoles. Mis hijas adoran a nuestra portera. Es una mujer cariñosa y que juega mucho con ellas. Tiene una larga melena de color azabache y muy rizada. Habitualmente la lleva recogida en un moño o en coleta. Un par de días antes me la encontré en la calle con el pelo suelto y le comenté que le sentaba muy bien. Ella me dijo que como lo tiene tan rizado se siente mejor si lo lleva recogido, pero que todo el mundo le estaba animando a "soltarse la melena". Ese día, al llegar del parque por la tarde, mi pequeña de tres años se lanzó en una carrera desenfrenada en busca de su amada Pepi. Al verla se paró en seco, y tras una alegre y contagiosa carcajada le espetó: "¿Y esos pelos, Pepi?".

¡Ay!, ¡estos niños!, ¡vaya ratos nos hacen pasar!... tan buenos y tan malos a la vez. Cuánta solidaridad con otros padres, como por ejemplo con mi hermana, el día que bajó al quiosco de periódicos donde cada día compraban revistas y prensa diaria y mi sobrina, que por aquel momento debía tener unos seis años le dijo al quiosquero a modo de saludo: "¿Eres gay?". Mi hermana, para intentar arreglar la incómoda situación comentó "Es que como terminan de legalizar el matrimonio gay, la niña lo ha visto en la televisión y, claro, siente curiosidad por estas cosas". No sé si fue peor la intervención de mi hermana o no, pero lo que sí sé es que cuando me lo contó me reí mucho y me alegré de no haber estado allí con ellas. La historia en diferido fue igualmente hilarante y me ahorré el momento avestruz, aunque por otro lado, el vivo y el directo no tiene precio.


viernes, 23 de enero de 2015

El adicto que todos llevamos dentro

Quien diga que no está enganchado a algo en la vida miente. Sí, lo afirmo categóricamente.

A lo mejor no somos conscientes, pero es así. No me refiero a drogas, sexo u alcohol, eso ya son palabras mayores. Tampoco a tabaco, Candy Crush o WhatsApp, que son palabras medianas. Me refiero a esos pequeños enganches de andar por casa que nos proporcionan un placer cotidiano nada preocupante y sí muy relajante.

Propongo un ejercicio de reflexión: que cada uno se auto-psicoanalice y vea cuál es su mini-enganche. Las risas están aseguradas, lo prometo.

Comienzo yo.

El mío es el mundo de los catálogos de ofertas. Me chifla recoger del buzón general de mi comunidad esos panfletillos publicitarios. Pero ¡ojo!, no todos. Por ejemplo, los de supermercados de comida me aburren muchísimo. Si el de Hipercor es sólo de alimentación allí se puede quedar, pero si trae unas páginas de ropa (que no moda, no nos vamos a engañar) y de decoración, me tiro a por él. Igual me pasa con el de Alcampo o el de Carrefour. ¿Y qué decir cuándo llega el catálogo de Verbaudet o Yves Rocher directamente a mi buzón?. Ese día el cafetito de después de comer ojeando sus páginas me sabe mucho mejor.

Pero el que definitivamente es el rey para mi y el que me indica que estoy enganchada al mundo de los catálogos es el de Lidl. En papel me gusta mucho y cuando llega a mis manos también lo suelo disfrutar con una taza de alguna infusión. Pero cuando me descubro a mi misma abriendo gozosa el newsletter semanal, al que por supuesto estoy suscrita, y haciendo click en el enlace que te reenvía a su web para conocer las ofertas que se avecinan, constato que soy una especie de yonki de estas publicidades. Y es que a veces, hasta tecleo directamente su dirección para desconectar un rato de mis preocupaciones cotidianas y refrescar mi memoria sobre los productos que ofrecen, por si me hace falta alguno, que son baratos y resultones... o eso me digo a mi misma. Y ahora juzguen ustedes mismos, ¿estoy enganchada o no?.